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Por: Eleazar López Hernández

En la religiosidad popular mexicana, que se ha extendido más allá de las fronteras, la Virgen de Guadalupe ocupa un lugar de primer orden, que apenas recientemente está siendo analizada y valorada por la institución eclesiástica como modelo perfectamente inculturado de evangelización. Los acercamientos más sistemáticos a este fenómeno nos llevan por dos vertientes, que a veces confluyen en lo mismo y otras veces divergen en conclusiones:
• el análisis de la imagen como expresión visual simbólica de la propuesta guadalupana; (en este sentido se puede hablar de que es un icono sagrado a la manera de los iconos de la Iglesia oriental)
• y la hermenéutica del texto, según su propia simbología y sentido cultural, que da razón de los hechos de donde surge la imagen y su propuesta.

El estudio de la imagen se debate entre aparicionistas, que enfatizan la procedencia sobrenatural y milagrosa de ella, y anti-aparicionistas, que excluyen esa procedencia sobrenatural, pero aceptan la maravilla de una obra ingeniosamente elaborada por nuestros antepasados. En tanto que la vertiente de los exégetas del texto del siglo XVI llamado “Nican Mopohua”, por ser las primeras palabras con que comienza, se aboca a desentrañar, en las palabras utilizadas, su contenido simbólico y teológico autóctono.

Para la gente sencilla estas discusiones de expertos y peritos la tienen sin cuidado; pues, en torno a la Virgen de Guadalupe, ella lleva a cabo sencillamente su experiencia de fe, en su propia experiencia histórica, con la convicción de que nuestra Señora de Guadalupe es la manifestación más segura de la presencia amorosa de Dios en estas tierras. Al mirarla estampada en la imagen y al rememorar los sucesos, el pueblo mexicano, y otros pueblos, se sienten profundamente identificados con lo que ve y oye; porque ahí está reflejada su vida pasada, presente y futura.

La imagen de Guadalupe es un códice mexica, que se comprende a cabalidad en la lógica mesoamericana, pero se plantea para que también el no indígena lo entienda; por eso establece puentes de interrelación entre la simbología indígena prehispánica y algunos simbolismos cristianos traídos por los misioneros europeos. En consecuencia su comprensión actual supone el conocimiento de ambos mundos simbólicos.

En la imagen y en el relato, todo gira en torno a la figura de la “Señora del cielo” (Ilhuícac Cihuapíl-li), es decir, de la respetable Mujer-Sol (Tonántzin contraparte de Tonátiuh, nuestro Padre el Sol) que trasmite la energía de la vida (tonál-li) a toda la creación a través de sus resplandores. Ella está de pié sobre la luna oscura, y se halla vestida con el color de la tierra (roja), y cubierta con el manto azul de las estrellas. Su rostro y su mirada de bondad manifiestan la armonía del conjunto, porque ella es nuestra Madre (Tonana). Y, como Quetzalcóatl, sintetiza el cielo y la tierra, apoyada en un ser humano emplumado o caballero águila, que nos la trae cargando sobre sus brazos. Este icono evoca para los cristianos el signo apocalíptico que aparece en el cielo en la batalla final para la instauración del Reino de Dios: “Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de estrellas sobre su cabeza …” (Ap 12, 1).


1. Sentido profundo del evento guadalupano

Yo quisiera, como sacerdote que soy y como miembro de una de las etnias mayoritarias de México, la zapoteca, acercarme al mundo guadalupano desde la perspectiva de las comunidades indígenas de ayer y de hoy, es decir, tratando de llegar al rostro y corazón de nuestro ser profundo, para encontrar que Guadalupe es la expresión teológica de un pueblo vencido por la fuerza de las armas, pero que no se resigna a morir y que resiste valerosamente manteniendo, contra viento y marea, sus esperanzas y utopías ancestrales. La Virgen de Guadalupe es una manifestación del México profundo, que se halla presente en todos los mexicanos. No es sin razón que a menudo, como se dice vulgarmente, se nos sube lo indio y lo Juan Diego a la cabeza y nos hacemos capaces de enfrentarnos a cualquier contrariedad, en defensa de lo que consideramos que son nuestros legítimos derechos.

En ese sentido el Guadalupanismo es un modo de ser y una voz antigua, que viene de siglos atrás, y a la vez una palabra actual de los pobres que, ante el avance implacable de proyectos de muerte, renuevan constantemente su capacidad de resistencia, llevándola a su última trinchera que es el ámbito religioso y de la piedad popular.

Por eso, en este intercambio de opiniones, quiero, antes que con la frialdad de un analista académico del tema guadalupano, - que no soy - mostrar mi ser de testigo y portador o eco de la voz soterrada de nuestro pueblo. Esta voz ha estado diluida por el tiempo, pero ahora reaparece, más que nunca, con mayores posibilidades de resonar fuertemente en los oídos de todos. Al hablar de la Virgen de Guadalupe no me meteré en la vieja e inútil discusión entre aparicionistas y antiaparicionistas de siglos pasados. Para mí es suficientemente convincente poner los ojos en la vivencia popular de la fe guadalupana y llevar la atención no sólo a la imagen, sino especialmente al texto más antiguo que da razón de los orígenes de esta fe, el Nican Mopohua.

2. Vías de acceso al Evento Guadalupano

Existen varios caminos para acercarse al evento guadalupano: El principal es la vivencia popular de la Religiosidad Guadalupana, que es tan profunda y tan exuberante en manifestaciones externas. Porque se trata de la fe popular hecha rito, donde el lenguaje total del cuerpo, del espíritu, de la vida se entreteje con los hilos multicolores que ofrecen los símbolos del imaginario colectivo cargado de contenidos profundos. La otra vía es la imagen de la Guadalupana que es, como ya mencioné, un códice mexica, que muestra gráfica o glíficamente el pensamiento religioso de los vencidos en un esfuerzo de diálogo con la sociedad colonial. Finalmente está el texto del relato de las apariciones, el Nican Mopohua, donde en lengua náhuatl y de manera narrativa y discursiva, se plantea la visión indígena del mundo, de la sociedad y de la Iglesia.

En el Nican Mopohua, como en los textos bíblicos, se da testimonio no de la historia tal como ésta sucedió sino del sentido trascendente que tiene la historia para el pueblo. Por eso el Nican Mopohua no es propiamente un texto histórico sino un texto teológico de incalculable valor para su tiempo y para el nuestro, porque se trata de una palabra que da cuerpo a la cosmovisión que nuestro pueblo tiene de la vida. Cosmovisión que tuvo vigencia cuando se produjo originariamente y sigue siendo válida durante mucho tiempo después.

La lectura creyente del Nican Mopohua, su interpretación semiológica y la verificación posterior de su contenido en la vivencia de fe del pueblo, son los medios que tenemos para desentrañar el alma que dinamiza la propuesta indígena de ayer y de ahora.

3. Claves de lectura

Para sintonizar con y entender a profundidad una expresión pictórica simbólica y un texto de Religiosidad Popular, como el Nican Mopohua, hay que descalzarse como lo hizo Moisés en el Horeb para pisar con pies desnudos la tierra sagrada de los pobres, de los pueblos nómadas del desierto. Una imagen o un texto teológico no se pueden entender con la cabeza fría de un racionalista. Hay que sambullirse en el río de la fe del pueblo de quien es la imagen o que produjo el texto. A través del análisis de la imagen y de la lectura del Nican Mopohua dejemos que hable el México profundo, a fin de escuchar la voz del pueblo guadalupano, que lleva a cuestas sus penas y dolores, pero también sus sueños y utopías.

Para hacer este ejercicio, podemos apoyarnos en intérpretes caracterizados de la fe del pueblo. Uno de ellos fue Mons. Bartolomé Carrasco Briseño, q.e.p.d, Arzobispo de Oaxaca, que se dedicó largo tiempo a escudriñar el pensamiento guadalupano y a mostrar su fuerza transformadora para las realidades de hoy. Otro es el Pbro. Clodomiro Siller Acuña, de CENAMI, quien, con herramientas antropológicas nuevas, ha dado luces importantes para la comprensión del mensaje de Guadalupe. Los aportes de ellos son materiales de los que podemos echar mano en nuestro acercamiento al evento guadalupano para descubrir el proyecto indígena.

4. Matriz del Evento Guadalupano

Hay que tener en cuenta que en estas tierras del Anáhuac ha habido un larguísimo camino (de unos 30 mil años) andado por nuestros pueblos para surgir, crecer, y consolidarse con identidad, historia, cultura y creencias propias. Este proceso ascendente tuvo en el pasado remoto muchos altibajos, pero hace más de 500 años fue violentamente agredido con la llegada de los europeos. Y es este contexto histórico de los 500 años el que sirve de telón de fondo al hecho guadalupano. Fuera de él no se entendería a cabalidad el evento con todas sus implicaciones

Por la fuerza de la espada se impuso un esquema de sociedad totalmente agresivo al pueblo nativo, que acabó con la autodeterminación indígena. Esa situación desastrosa creó una desesperanza de enormes proporciones en los pobres, al ver derrumbarse piedra a piedra todo su pasado glorioso y al no percibir ninguna posibilidad de un futuro digno. Esa pérdida de esperanza en el futuro fue una de las razones determinantes para el despoblamiento de las comunidades indígenas. Cincuenta años después del llamado “descubrimiento de América”, la guerra, los trabajos forzados, las enfermedades, las represiones acabaron con el 90% de la población nativa. ¿Para qué vivir si sólo hemos nacido para esperar el momento de la muerte? expresó Juan Diego a la Guadalupana.

La Iglesia, en buena parte, unció su tarea evangelizadora a la maquinaria de la implantación de la sociedad colonial considerándola como cristiandad, es decir, como proyecto avalado por la fe cristiana. Por eso espada y cruz se aliaron para la conquista, aunque también hubo célebres profetas que, a contracorriente, defendieron la vida y los derechos de los pueblos indios: Antonio de Montesinos, Pedro de Córdoba, Bartolomé de las Casas, Julián Garcés, Toribio de Benavente, Vasco de Quiroga y varios más que pusieron las bases jurídicas para los derechos indígenas, si bien no lograron acabar con la sociedad colonial ni con la ambigüedad del rol de la Iglesia en este proceso.

La situación dolorosa del pueblo está expresada simbólicamente en el texto del Nican Mopohua con la caída de los escudos y las fechas, con el caminar de noche de norte a sur, con el hielo del invierno que quema todo, con la enfermedad del cocolixtli que tiene el tío y que provino de los españoles, con el maltrato de Juan Diego por parte de los criados del obispo.

5. Análisis actancial del evento guadalupano

a) Los actores del drama

Todos los personajes que intervienen en el evento guadalupano juegan un papel simbólico en el relato. Esto no quiere decir que no sean personajes históricos. Independientemente de su historicidad, ellos representan a los distintos actores de la realidad de entonces.

Juan Diego es el indio descendiente de quienes dirigían la Nación Mexica. Se dice que era oriundo de Cuauhtitlan, es decir, lugar de águilas (cuauhtli) porque seguramente él era un caballero águila, su nombre era Cuauhtlatoa o Cuautliyztactzin, es decir, quien habla como águila. Por efecto de la conquista Juan Diego se hallaba desolado porque veía derrumbarse su pasado y ya no tenía esperanza para el futuro. Era el empobrecido, el que había sido vencido, y que no sabía adónde ir; caminaba en la noche, perseguido por la desdicha. Él anhelaba encontrar una puerta de salida a su situación. Por eso estaba en camino, en búsqueda de respuestas adecuadas. Juan Diego es el personaje principal del relato guadalupano.

Juan de Zumárraga, es el obispo recién llegado de la Metrópoli, cabeza de la iglesia colonial, por lo tanto, partícipe directo del poder de los vencedores. Por eso en el Nican Mopohua es llamado “Señor de los sacerdotes”, el que vive en palacio, “donde no ando y no paro”, afirma Juan Diego, cuando la Virgen lo manda a llevarle el mensaje guadalupano. A él está dirigida primeramente la misión de Juan Diego para convertirlo y llevarlo al encuentro con el pueblo indio; y para construir con el indio el Teocál-li o Templo de Tonántzin en el Tepeyac.

Juan Bernardino, el “tío”, es el pueblo oprimido, es lo único que quedaba para conectar a Juan Diego con el pasado glorioso terriblemente afectado por las exigencias de la sociedad colonial. A Juan Bernardino le ha dado la peste o enfermedad colonial de los españoles y está seguro que por ella va a morir pronto. Juan Bernardino es el motivo de mayor preocupación de Juan Diego, y su curación es el valor más grande que Juan Diego pone por encima del cumplimiento de la voluntad de la Señora del cielo.

Los Criados del obispo, son la personificación de la maldad del poder colonial. Son los instrumentos del control eclesiástico y civil. Son gente de plena confianza del obispo. Pero son también la expresión más dura del sistema; ya que impiden la acción del pobre, lo riñen, lo molestan, lo espían e inventan toda clase de mentiras contra él, para ponerlo en mal ante la autoridad. Y están dispuestos a quitarle las flores e incluso a golpearlo físicamente.

b) Toponimia simbólica

En el Nican Mopohua también la toponimia juega un papel simbólico. Es parte de la trama teológica del texto:

Cuauhtitlán, al norte, es la tierra de origen de Juan Diego, y significa, como ya se dijo, lugar de águilas. Representa el pasado glorioso de los Aztecas, de los caballeros águilas, de los Pil-li o nobles, ahora hecho añicos por la acción conquistadora de los españoles. Cuauhtitlán se ha convertido de nueva cuenta en el Aztlán, de donde venimos, tierra de garzas, lugar de lo blanco, es decir, lugar de la muerte. De allá camina Juan Diego hacia el sur, lugar de lo amarillo, en busca de las flores de la primavera, de la vida, según la lógica indígena.

Tepeyacac o Tepeyac, nariz de cerro, es el santuario prehispánico de Tonántzin, Nuestra Venerable Madre. Donde los antiguos acudían en busca de amparo y consuelo. Ahí se reencuentra Juan Diego con los símbolos de su antigua religión, “lo que dejaron dicho los viejos, nuestros abuelos”. Para Juan Diego va a ser también lugar de síntesis de las dos propuestas religiosas que en adelante serán los componentes del alma mexicana: la nativa y la foránea.

Tlatelolco, antiguo asentamiento azteca, a la orilla del lago, que les permitía salir más allá del anillo de agua, y que, después de la conquista, fue transformado en base franciscana para el adoctrinamiento religioso de los indios del norte de la ciudad. Ahí tenía que acudir Juan Diego para la Teóyotl o doctrina cristiana, enseñada bajo rigurosa lista de participantes; ahí tenía que buscar los ritos oficiales de la Iglesia para el bien morir de su tío Juan Bernardino.

México-Tenochtitlan, es la antigua sede azteca convertida desde 1521 en centro del poder colonial de la Nueva España. Es el lugar de los palacios, donde no anda y no para el pobre y, por eso, siempre le va mal ahí.

Dos de estos lugares representan al pueblo y su destino, dos representan al poder y sus esquemas coloniales. En el texto entran en pugna directa estos sitios simbólicos. Al final sale vencedor el lado indígena, porque Juan Diego logra que se haga el templo en Tepeyac y que el obispo con sus criados vaya a Cuauhtitlán a encontrarse con el tío Juan Bernardino.

6. Propuesta Guadalupana

Como todos los relatos de este género, el Nican Mopohua presenta la propuesta guadalupana como un planteamiento sumamente simple: Construir un teocál-li (templo) en el Tepeyac. Pareciera una petición absolutamente intranscendente. Pues es lo mismo que hace la institución eclesiástica para mostrar su poder religioso. Sin embargo el templo de Juan Diego adquiere un sentido totalmente distinto al de la institución tanto por el lugar de su edificación como por la finalidad de su uso.

Construir el templo en el Tepeyac es darle la razón al indio, quien en el frustrado “Diálogo de los Doce” había sostenido tercamente que el Dios cristiano era el mismo que el Dios indígena, frente a la no menos terca decisión de los misioneros, que afirmaban que todo lo indígena era obra del demonio. El texto del Nican Mopohua trata de probar que en Tonántzin Guadalupe se hermanan las dos vertientes religiosas que conformarán en adelante el alma india del Continente. Ella es la Madre de Téotl Ipalnemohuani, Teyocoyani, Totecuyo, Tloque Nahuaque, Ilhuicahua, Tlalticpaque, (Nican Mopohua, 22) es decir, de todo el panteón indígena prehispánico; y, al mismo tiempo, la Madre de Nuestro Salvador y Nuestro Señor Jesucristo (Nican Mopohua, 53).

La finalidad del templo es: oír, remediar y curar todos los lamentos, miserias, penas y dolores del pueblo (Nican Mopohua, 25). El texto usa cuatro expresiones para hablar de la situación del pueblo. En la simbología mesoamericana el número cuatro (nahui) habla de la totalidad. Por lo tanto se está refiriendo a la liberación del pueblo oprimido de todo lo que lo oprime. La prueba, para Juan Diego, de la eficacia de este planteamiento es la curación del tío Juan Bernardino del mal que le sobrevino por causa de la sociedad colonial.

El templo tiene así mismo una parte propositiva: es para mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa (Nican Mopohua, 23). El templo entraña la construcción de las utopías del pueblo porque implica transformar los riscos, mezquites, nopales, espinas y abrojos del cerro en turquesas, oro, piedras preciosas y flores refulgentes. En consecuencia se trata de convertir la noche en día y el invierno en primavera, es decir, convertir la historia colonial en historia de salvación.

Los beneficiarios del proyecto guadalupano son Juan Diego, el Tío y los moradores de esta tierra, es decir, el pueblo pobre del Anáhuac. Pero no es un planteamiento exclusivamente étnico. Se abre a todas las naciones que me amen, que me hablen, que me busquen y en mí confíen. En ese sentido es un planteamiento universalista, porque en él caben los de cerca y los de lejos, los indígenas y los no indígenas. Por eso muy rápidamente lo guadalupano traspasó las fronteras mexicanas y se ha hecho parte de la religiosidad popular de toda América. Y ahora también de gente de Europa, África y Asia.

7. Implicaciones de la propuesta guadalupana

Como ya señalamos, aparentemente se trata de una propuesta puramente religiosa: hacer que miembros de la Iglesia construyan un templo. Pero es más que eso. Es la voz de protesta y de propuesta del pueblo vencido ante la injusticia de la sociedad colonial. Ciertamente esta voz está codificada en lenguaje religioso y tiene implicaciones para las instituciones religiosas como la Iglesia, pero no se reduce a eso.

En el planteamiento guadalupano se da una apropiación indígena de la Iglesia y de los instrumentos ideológicos de la sociedad colonial. La Virgen de Guadalupe, como Madre de todas las denominaciones de Dios conocidas en la tradición indígena, se presenta también como la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Juan Diego busca llevar al obispo al Tepeyac para que construya con él el Teocal-li, donde sean oídos y remediados todos los lamentos, miserias, penas y dolores de todos los habitantes de estas tierras.

La finalidad del Nican Mopohua es mostrar que es posible incorporar en la Iglesia la perspectiva indígena de Dios y de la vida; y que es razonable para los indígenas aceptar los valores evangélicos traídos por la Iglesia. Es lo que ahora llamamos “inculturación del evangelio”, definida por Juan Pablo II como “encarnar el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introducir a los pueblos con sus culturas en la Iglesia” (Redemptoris Missio, 52). El Papa Benedicto XVI añade, en Aparecida, que eso es lo que hicieron sabiamente nuestros antepasados; ya que “la sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían. De allí ha nacido la rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos” (Benedicto XVI, discurso inaugural de Aparecida, 13 de mayo de 2009)

El evento guadalupano transforma al indio en evangelizador del obispo y de la Iglesia porque jala al pastor al lugar del pobre, para que opte por él, para que lo acompañe en su proceso de liberación de las enfermedades coloniales, para que construya con él un futuro no de temor y angustia, sino de flores y de vida en plenitud.

El propósito último de Guadalupe es transformar la escena primera del indio arrodillado ante el obispo en la escena final: el obispo arrodillado ante el indio. En el fondo, por tanto, implica cambiar radicalmente la historia de opresión en historia de amor, compasión, auxilio y defensa, para el pobre, el xocoyotzin, es decir, para el más pequeño de los hijos, tal como señala el Arzobispo Dn. Bartolomé:

“Nota distintiva de la evangelización guadalupana, que coincide plenamente con el Kerigma de los Apóstoles, es el planteamiento ante el evangelizando, de un proyecto salvífico, que va a la raíz de los problemas del pueblo y que se opone al proyecto de pecado que hay en la sociedad. Ciertamente, en boca de la Virgen de Guadalupe, dicho proyecto no llega hasta el detalle de dar lineamientos históricos concretos de acción a nivel económico y político. Ese no era el papel de la Virgen, sino del pueblo, que ha de hallar las mediaciones históricas concretas más adecuadas para canalizar el contenido ideológico-religioso liberador que proporciona la Virgen de Guadalupe”.

“Sin embargo, el proyecto es real y viable históricamente; porque al sujeto que lo ha de llevar a cabo se le devuelve la dignidad perdida: “Tú eres mi embajador, en ti pongo toda mi confianza” (NM, 87). Y además se le señala el camino a seguir: evangelizar al Obispo, para que éste, desde su servicio de guía pastoral, participe activamente en la construcción del nuevo pueblo mexicano”.

“Objetivamente también el proyecto está claro: el Templo es el símbolo de una realidad nueva y global en la que sean remediadas totalmente los “lamentos, miserias, penas y dolores” del pueblo. Es el símbolo de un proyecto de vida que hay que construir, en el que las mayorías pobres.. sean, en verdad, agentes y beneficiarios del desarrollo nacional, en el que se respeten plenamente los derechos sociales, culturales y religiosos del pueblo y en el que él sea capaz de transformar la aridez de la tierra actual que sólo produce “riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites” en el paraíso que soñaron nuestros antepasados”

8. Constructores del proyecto indio

El protagonista primordial es Juan Diego, el indio, el pobre. El es el embajador digno de toda confianza (NM, 87) de la Virgen de Guadalupe. Es el actor absolutamente indispensable para la realización del proyecto guadalupano (NM, 42). Por eso verdaderamente es él quien, en última instancia, se aparece a la sociedad colonial como lo dijo Juan Diego al obispo Zumárraga al final del relato, para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje (NM, 106).

Los servidores de la Iglesia (obispos y misioneros), que son para el pueblo “imágenes de Nuestro Señor”, (NM, 21) también están convocados para colaborar con el pobre en la construcción del templo. Para ello necesitan ir al Tepeyac y cambiar de corazón, es decir, dejar de identificarse con la sede del poder y comprometerse con el pueblo.

9. La Virgen de Guadalupe en la historia mexicana

En la Virgen de Guadalupe continúa vigente hoy la Tonántzin o Xonaxi milenaria, la Madre de los todos los pueblos mesoamericanos, identificada con la matriz de la vida agrícola que es la tierra, la Madre Tierra, la Señora del Maíz. En ella está también la antigua Cipactli o energía original, que fue sacrificada para que existiera el universo como habitación del ser humano. Y la Doncella Coatlicue, que concibió virginalmente a Huitzilopochtli y lo dio a luz ante la mirada amenazante de Coyolxauhqui y de los cuatrocientos surianos.

Como síntesis vital del pasado y del presente, la Virgen de Guadalupe hace posible la continuidad de las utopías indígenas en el momento de la sociedad colonial cuando toda esperanza estaba perdida. En ese sentido Ella pone al pueblo en espera activa de tiempos mejores para hacer florecer la vida en el futuro. En la Virgen de Guadalupe los mexicanos, aunque golpeados en el cuerpo por la conquista y la colonia, pudimos conservar el alma propia, que no quedó del todo vencida, y que sigue siendo nuestro reducto de lucha. Por eso, se puede afirmar que en 1531 nacimos como pueblo guadalupano, es decir, nos hicimos Juan Diegos para resistir los proyectos de muerte que sucesivamente otras personas imponen sobre nuestras espaldas.

Infinidad de rebeliones indígenas, durante la colonia, fueron abanderadas con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Hasta los hijos de españoles nacidos en México, - los llamados criollos -, se hicieron guadalupanos, a fines del siglo XVIII, para sumarse a (o incluso encabezar) las luchas independentistas. En la Virgen de Guadalupe todos los sectores sociales de México encontraron la razón más profunda para soñar en una patria digna distinta de la que nos dejaron los ibéricos. El P. Miguel Hidalgo (1810), siendo criollo, enarboló el estandarte guadalupano para iniciar la lucha por la independencia. Más adelante Emiliano Zapata (1910), indio, encabezó en la llamada “Revolución Mexicana” el levantamiento indígena del sur también con la bandera guadalupana.

La Virgen de Guadalupe ha sido hasta los días de hoy refugio, amparo y aliento para muchos movimientos reivindicativos de campesinos, obreros y barriadas populares. Ella es la Madre de los pobres, la Mera-Mera, (según el dicho popular), que no sólo ayuda a soportar el dolor de la opresión; sino que levanta el ánimo para seguir luchando por una vida digna; pero así mismo, cuando las condiciones históricas se dan, también hace al pueblo capaz de revoluciones sociales.

Hoy el movimiento indio echa mano de esa reserva religiosa para abrirse paso dentro de las iglesias y mantener viva su fe ancestral. Y parece que está ganando terreno. La Iglesia Católica le ha dado a la pastoral indígena y a la teología india, a nivel de documentos, un espacio nunca antes reconocido. Pero también la lucha indígena sabe abrirse camino en la sociedad civil a través de la política y hasta con la fuerza de las armas, como lo muestra el levantamiento armado de los Zapatistas en Chiapas (1994). Ellos han impactado irreversiblemente a toda la sociedad latinoamericana, que ya no podrá ser la misma después de lo sucedido con los indígenas en muchas partes del continente en estos últimos 40 años. Y esto será así, a pesar de los muchos tropiezos puestos en el camino por quienes siguen oponiéndose a la resurrección de los indígenas y los pobres.

10. Conclusión

Con la contundencia de los hechos analizados podemos decir que la realidad profunda de México y del Continente ha despertado. Y está más activo que nunca para cuestionar modelos injustos, para exigir derechos conculcados, para convocar a la construcción de un futuro mejor para todos, para construir el templo que necesitamos para la vida. Es lo que, en el pasado, hizo Juan Diego en el Nican Mopohua y ahora revive airoso en buena parte de los mexicanos y de los latinoamericanos. Se está cumpliendo el dicho popular: a todos “se nos apareció Juan Diego”. Y en eso la Virgen de Guadalupe tiene evidentemente muchísimo que ver.

El mayor milagro del Tepeyac no es la aparición de la Virgen de Guadalupe en estas tierras, sino que sea precisamente en la tilma de Juan Diego. Porque en la ropa del indio, que simboliza su realidad profunda y su persona es donde la Madre del verdadero Dios por Quien se Vive se dignó quedarse. Él es, en los tiempos actuales, el verdadero teomama o cargador de Dios en estas tierras; y por él, quienes somos sus descendientes, con gusto, compartimos nuestras flores a quienes abren su corazón para recibirlas y para unirse a la lucha por la llegada de la primavera de la vida para la humanidad entera.

 

Obispo Responsable de la Dimensión:
Mons. José de Jesús González Hernández-Obispo de la Prelatura del Nayar
Secretaría en dualidad de la Dimensión:

Hna. Luz Angélica Arenas Vargas

Pbro. Mario Pérez Pérez

indigenas@ceps.org.mx

pastoralindigenacem@hotmail.com 

IDENTIDAD

Somos una instancia del Episcopado Mexicano que acompaña a los Pueblos Originarios y Afromexicano en su experiencia de Dios y en el fortalecimiento de sus proyectos de vida.

VISION

La Pastoral de Pueblos Originarios y Afromexicana se entiende así misma como una instancia de la CEM que acompaña el surgimiento de las Iglesias autóctonas, con su rostro y corazón propios, y favorece la autonomía y autodeterminación de los Pueblos para que sean sujetos de su propia historia y acontezca en sus vidas el Reino de Dios. 

MISION

Así como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue elegido para supervisar, cuidar, custodiar e impulsar la construcción del Teocalli de Tonantzin Guadalupe, quienes estamos comprometidos con esta Pastoral de Pueblos Originarios y Afromexicana, nos reconocemos con la misión de custodiar la memoria del largo camino hasta ahora recorrido por los Pueblos Originarios y Afromexicanos, suscitando la esperanza, el anhelo de una tierra y un tiempo donde la desvalorización de los Pueblos Originarios y Afromexicano sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz; donde la naturaleza y la Madre tierra vuelvan a ser «fuente de alimento, casa común y altar del compartir humano», que anticipan el advenimiento de  Xochitlalpan, Tonacatlalpan, Ilhuicatlalpan. 

 

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