MCR: Las incansables religiosas que protegieron el éxodo migratorio

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MCR: Las incansables religiosas que protegieron el éxodo migratorio

Vestidas de blanco de pies a cabeza, las religiosas de Cristo Resucitado fueron fáciles de distinguir entre una multitud de playeras de colores, mochilas rotas, carriolas y peluches. El ir y venir de su caminar no se detuvo en ningún momento. Se les podía ver agachadas limpiando pies lastimados por el asfalto; correr para auxiliar a alguna persona deshidratada; sirviendo platos de comida. La caravana de migrantes no permitía ningún titubeo.

La red de las misioneras de Cristo Resucitado (MCR) conocía su misión a pocos días de darse la noticia del éxodo migratorio proveniente de Honduras, que recogió a su paso a salvadoreños y guatemaltecos. Desde las primeras horas de la inminente emergencia humanitaria, comenzaron las llamadas y mensajes para coordinar toda la ayuda posible; ellas, mejor que nadie, saben que la atención debe darse de forma rápida y coordinada.

Apoyadas por Cáritas Mexicana, fue así como recibieron a un grupo de poco más de 7 mil centroamericanos (en su mayoría hondureños), según estimaciones de los medios informativos, en la frontera de Guatemala y México: Chiapas, la primera barrera de las muchas a las que se enfrentarían. En tanto el contingente luchaba por cruzar una frontera custodiada por policías dispuestos a detenerlos a toda costa, las hermanas habían entrado en comunicación con la diócesis de Tapachula para juntos convertirse en un oasis cuando por fin cruzaran el muro imaginario de la frontera sur.

Decenas de medios de comunicación a nivel nacional e internacional emitían toda la información que les fuera posible. El mundo volteó su mirada a ese pedazo de selva. Las imágenes de cómo arribaban a territorio nacional circulaban en redes sociales y principales canales de Tv, lo cual no se detendría durante todo el trayecto que hizo la caravana en México.

Gracias a esto, el pueblo mexicano, una vez más, salió a dar auxilio a quienes huyeron de un país desbordado por la violencia y pobreza. En cada punto de los casi 10 estados de la República por donde pasaron, les ofrecieron ropa, agua, alimentos, etc. A la par, la Iglesia católica, madre que cobija al desahuciado, animaba a las parroquias y diócesis por donde pasaba la caravana para que se transformaran en centros de acogida.

“México es grade y bondadoso” señaló Sor Bertha cuando llegó a la Ciudad de México junto a sus hermanas y el primer grupo de la caravana. Ellas, quienes habían acompañado cada paso del éxodo migratorio, e inclusive ayudaron para que mujeres y niños consiguieran transporte en camiones con el fin de mitigar el impacto del recorrido, habían sido testigos de primera fuente de las muestras de un país generoso y siempre solidario.

En ningún momento, bajo ninguna circunstancia, las religiosas de una congregación nacida en Guadalajara dejaron solos a los migrantes. Caminaron, durmieron y comieron con ellos en una agotadora travesía.  Al punto que llegaban, se instalaban rápidamente y comenzaban sus labores de atención médica, apoyo psicoemocional, entrega de ropa y alimentos. Ellas hicieron que la esperanza no flaqueara en un mar de cansancio e incertidumbre.

Ahora, cerca de un mes de caminar de la mano con un grupo de almas llenas de sueños, temor y esperanza por una vida mejor, se despiden de sus compañeros de viaje en la ciudad fronteriza de Tijuana. Su misión de llevarlos sanos y salvos a ese punto ha concluido. No sin antes brindarles la última atención médica o de compañía, no sin antes de despedirse con una bendición, discreta promesa de que el Señor protegerá cualquier camino que tome cada uno de los personajes que conformaron el éxodo centroamericano.

 

Desde Cáritas Mexicana queremos agradecer el trabajo, la dedicación y el amor por el prójimo durante el tiempo que apoyaron la caravana migratoria. 

 

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